5 feb. 2011

LA CRÍA DEL GUSANO DE SEDA EN LIÉTOR. Una tradición perdida.


morera en primer término, al fondo, Liétor.
La cría del gusano de seda forma parte de una de las tradiciones que más arraigo tuvo en la villa de Liétor y que se mantuvo en tiempos relativamente cercanos, pues, las últimas “cosechas” obtenidas datan de la década de los setenta del pasado siglo.
Dicha actividad–cuya importancia económica fue muy significativa– llegó a ocupar a gran parte de la población y, aunque su duración en el tiempo no era mucha, apenas dos meses, los ingresos que ésta reportaba llegaban en un período que el agricultor agradecía debido a las numerosas necesidades que tenía que cubrir.
Durante cuatrocientos años los vecinos de Liétor criaron seda destinada generalmente a su venta como materia prima para las sederías de Murcia y Valencia-ocasionalmente también para Granada-, aunque hubo momentos en los que también se hilaba en la población.
Los inicios de la plantación de moreras con este fin podemos situarlo en el primer tercio del siglo XVI a tenor de un informe realizado para la monarquía castellana por esas fechas[1] en el que queda constancia cómo los vecinos de Liétor “…empieçan a poner y criar moreras para seda…” pues ya existía una necesidad de abastecer de materia prima los numerosos talleres ubicados en Valencia y su entorno como consecuencia del cambio producido en los gustos por los tejidos de lujo que ahora prefieren la seda para la confección de los mismos.
Sin embargo, la contestación de Liétor a las Relaciones de Felipe II en 1578, no mencionan la morera como especie cultivada en la localidad, aunque estas mismas fuentes ya la sitúan en poblaciones de su entorno más próximo como Hellín o Tobarra, de las que dice distaba “…cuatro leguas comunes no grandes…”
En cualquier caso, en un testamento otorgado en el año 1590 en Gutar a nombre de Gómez García de Marina, nos confirma como ya existía el comercio de la seda en la comarca:
 “… Alonso Pérez de San Pedro mercader vezino de la villa de Caravaca me debe tres mil y sietecientos y beynte rreales de aciento y veynte e cuatro libras de seda que le vendi a treinta rreales la libra mando se cobren…”
Será otro testamento, el concerniente a Esteban Barba el que describirá en la relación de bienes que le acompaña, diversos útiles empleados en los quehaceres de la seda, como: “…una desgranadora de tinta en veinte reales…” “…dos tornos de ylar seda a ocho ducados…” “…ciento veinte zarzos de caña a dos reales…”
El siglo XVIII será la época de mayor esplendor de esta industria en la vecina ciudad de Murcia, a cuyo reino pertenecía Liétor.
Ello se reflejará en una abundante legislación en forma de distintas “ordenanzas”
que afectaban tanto a los cosecheros de seda como a industriales y comerciantes exportadores de la misma.
 El ámbito eclesiástico, tan cercano al pueblo, también nos deja muestras de esta actividad pues, sabido es que el diezmo[2] –impuesto que se pagaba a la iglesia– consistente en la décima parte de los frutos recogidos y que recaudaba la casa excusada – era la casa del vecino que se elegía para percibir los diezmos– donde se recoge a lo largo de estos siglos numerosas aportaciones, tanto en hoja de morera como en seda.
Dentro de este ámbito religioso, mencionaremos a las cofradías que, en su origen, fueron agrupaciones de fieles unidos voluntariamente para una finalidad que no era otra que recibir asistencia espiritual y material entre todos sus componentes. Desde el siglo XVI se crean las del Rosario; Santiago Apóstol; Preciosa Sangre de Cristo y Ánimas. Para cumplir con sus fines era necesaria la obtención de recursos económicos que mayoritariamente procedían del patrimonio de las mismas.
Una parte importante de este patrimonio provenía, además de los censos y cuotas de los cofrades, de las numerosas donaciones recibidas. De igual manera, las múltiples limosnas recibidas también  lo eran en hoja de morera y en seda.
Las convulsiones políticas y guerras del siglo XIX no mermarán la actividad sedera en la población, en las que pronto destacarán las familias Guirado y Garrido, que terminarían emparentadas por lazos familiares.

Así, en los años centrales del siglo desarrollará su actividad comercial en Liétor, Benito Guirado, oriundo de Hellín quien, además de criar seda, poseía un comercio en el que realizaba todo tipo de transacciones, generalmente a débito, cobrando a los vecinos las cantidades adeudadas en seda una vez que terminaba la cosecha, tal y como viene reflejado en sus cuadernos de notas[3], de este modo comercializó gran cantidad de seda hacia la localidad valenciana de Requena, donde mantenía relaciones comerciales con Francisco Ruiz, fabricante de sedas de la localidad.
Coetáneo de Benito fue Victor Garrido González, importante personaje en la vida pública de Liétor, población de la que fue alcalde durante un largo periodo de tiempo en el que, entre otros logros, realizó en 1876 la carretera de carruajes que uniría Liétor con Albacete.
En su domicilio llegó a mantener una fábrica de hilados de seda en la que trabajaría como encargado uno de los hijos de Benito, Agustín, quien terminaría uniéndose en matrimonio con una hija de Víctor, continuando con ésta actividad hasta finales de siglo.
La creación en 1892 de la Estación Sericícola de Murcia, largamente demandada, daría un respiro a la situación de crisis que venía arrastrando este sector y sería el verdadero motor de esta actividad en la zona al menos hasta 1967 en que se suprime el servicio de Sericicultura que tenía su sede en dicha Estación.

En ella se enseñaba a los agricultores, mediante cursillos formativos, la cría del gusano de seda, realizando una labor ejemplar en el fomento de la misma mediante la creación de cotos de semillación–alguno de ellos en la provincia–, la distribución gratuita de variedades de moreras más productivas y sobre todo, la fijación anual de un precio de referencia para el capullo de seda que la misma estación se encargaba de comprar y recoger a todos los sericultores. Todo ello, añadido a las ayudas ofrecidas por la administración al sector desde 1914, hizo que la producción se mantuviera durante algunos años.

En los inicios del siglo XX, será otro vecino de la localidad vinculado a la familia Guirado Garrido quien capitalizará el negocio sedero; nos referimos a Francisco Santos–conocido como Frasquito–, del que se conoce su actividad en el negocio hasta comienzos de la década de los años veinte, actuando como comisionista de este negocio en Liétor, desde donde orientó la salida de la producción hacia la vecina Murcia.
Celia Bernardo Garrido durante el cursillo.




Tras el paréntesis de la guerra civil se realizaron intentos  de recuperar esta tradición, temporalmente dormida, bajo los auspicios de la Sección Femenina con la colaboración de la mencionada estación sericícola.
En Liétor inició esta etapa Celia Bernardo Garrido, descendiente de Víctor Garrido González–era su bisabuelo–, quien estaba muy familiarizada desde pequeña con estos menesteres. Aún así, realizó en 1949 un cursillo de sericicultura en Murcia, de la mano de la Sección Femenina, donde le enseñarían los métodos más idóneos para la obtención, con éxito, de una buena cosecha, dejando constancia de su actividad durante los años 1949 a 1954, año éste en que abandonará Liétor tras contraer matrimonio.

Su testigo en la localidad lo recogería Carmen Soria Navarro quién ocuparía el puesto dejado por Celia, realizando también uno de los cursillos en la misma estación sericícola.
 De igual modo, trataría de difundir entre los criadores las enseñanzas recibidas, no sin cierta cautela, pues todos creían estar en posesión del secreto para la obtención de una buena cosecha.
Carmen mantuvo esta actividad hasta el año 1964 en que la abandonó momentáneamente para volverla a retomar con posterioridad–año 1984– con motivo de la realización de la cría con gusanos importados, de distintas especies, con fines experimentales para aplicaciones en el campo de la medicina.
Probablemente haya sido una de las últimas personas en criar seda en la localidad de Liétor.

Publicado por Cultural Albacete, nº 5. Agosto de 2005.

Pedro José Jaén Sánchez
Licenciado en Geografía e Historia.


[1] A.G.S. Contadurías Generales, leg. 768. Publicado por Rodriguez Llopis, Miguel: “La villa Santiaguista de Liétor en la Baja Edad Media” pág. 60.
[2] La introducción de nuevos cultivos llevaba aparejada la obligación de tributar por el diezmo. En el caso de la morera, éste se fijó “… en toda la hoja de un árbol por cada doce.”
[3] Archivo Parroquial de Liétor. (sin clasificar)

1 comentario:

  1. Muy interesante el artículo. Solo una pequeña correción sin importancia. Víctor Garrido González era el bisabuelo de Celia Bernardo, no su tatarabuelo. Saludos.

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